domingo, 10 de abril de 2011

Biografía de estudiante.

Mi experiencia como educando comenzó hace unos 17 años, cuando yo tenía tres. La verdad es que al principio no fue nada lindo. El jardín era algo totalmente nuevo para mí, implicaba un cambio enorme: nuevos lugares, nuevos tiempos, nuevas personas, nuevas relaciones y, por sobre todo, nuevos desprendimientos. Pasé de estar todo el día en casa con mi familia a tratar con gente desconocida, en un lugar que no se parecía a mi casa.
La sala de tres fue lo peor. Cada día era como una especie de película de acción, en la que yo tenía que escapar de la salita sin que nadie se dé cuenta; un mínimo error, y ya estaba adentro otra vez, armando rompecabezas o jugando en el banco de carpintero, ese que una vez tuvieron que poner en la puerta para que no me escape (cómo odié a ese que me buchoneó cuando estaba a un paso de salir).
Ya en sala de cuatro había dejado atrás las películas de acción; y, además, había encontrado quienes me reemplacen en el papel de fugitivo. Cómo lloraban esos chicos: eran los nuevos.
A partir de ese año empecé a disfrutar del jardín, hasta fines de la sala de cinco, cuando nos explicaron cómo era la primaria. No me olvido más cuando nos dijeron que en las aulas del colegio no había baños, como en las de jardín: ¡¿cómo íbamos a hacer?!
Los primeros años de colegio fueron raros, porque había que adaptarse otra vez a los cambios: Lugares nuevos, tiempos nuevos, personas nuevas. Lo bueno fue que, al ser el mismo establecimiento, mis compañeros seguían siendo los mismos, a excepción de algunos que se sumaron ese año.
Y así fueron pasando los años, hasta que llegó el primer día del turno mañana. Otra vez a adaptarnos a los nuevo: pasamos de ser los más grandes del turno tarde a ser los más chicos de la mañana (los de tercero polimodal se veían taaaaaaaan grandes); había que levantarse bien temprano para estar en el colegio a las ocho (o a las siete) y, encima, prestar atención a los profesores. Séptimo, octavo y noveno se pasaron rápido y, otra vez, a adaptarse.
Primero polimodal fue difícil, porque empezábamos a tener a LOS profesores y LAS materias, pero, más que nada era el miedo al cambio. Lo peor eran los exámenes integradores a fin de año, totalmente odiables, porque podías perder la materia gracias a un examen, como si no importara lo que habías hecho durante el año.
En primero me llevé mi primer materia (y, gracias a Dios, la última): inglés a diciembre, todo porque la profesora no me ubicaba. Lo positivo fue que me sirvió para tener una idea de lo que era "llevarse una", pero me había quitado la ilusión de llegar al último día invicto.
Segundo fue el año más complicado. La profesora de química nos daba con todo, sin piedad. Lo bueno era que, para esa altura, los exámenes integradores ya no afectaban a todos los trimestres, sino que eran una prueba más del tercero (un alivio).
Y tercero polimodal fue lo más fácil: ¡no hacíamos nada!, excepto por las clases de María del Carmen (alias "La Chancha"), esa sí que nos hacía estudiar. Además, teníamos el viaje y la fiesta de egresados, así que ya no nos importaba nada. En ese año nos dimos cuenta de que los que veíamos en tercero polimodal cuando íbamos a séptimo no eran tan grandes como nos parecía, y que eramos bastante chicos como para elegir un camino a seguir de ahí en adelante.


Lo que menos me gustó de mi experiencia como parte del sistema educativo fue que todos los años se cambiaba algo, entonces vivíamos como "cobayos" del sistema (uno se recibía con el sistema polimodal mientras volvían a cambiarlo porque no servía), o por lo menos yo me sentía así.
Lo bueno que me dejó, además de los amigos y las experiencias, fueron los valores que me transmitieron a través de la educación católica (todavía me acuerdo cuando, en sala de cuatro, aprendí lo que era ser sincero) y también el saber qué tipo de educador quiero ser y cuál no, qué cosas nos interesa aprender a los jóvenes de hoy y a través de qué medios.


                                                                                                   Gianfranco Giglio