Cada vez que salgo de la facultad, al mediodía, me encuentro con grupos de chicos que salen de los colegios. Algunos van gritando, dándose empujones o solamente van conversando sobre lo que pasó en el colegio, o lo que van a hacer cuando lleguen a sus casas. Y entonces pienso: "Yo voy a tener que educar a jóvenes como estos", y me vienen un montón de dudas y preguntas, también miedos, ¿por qué no? Ahí me doy cuenta de que la adolescencia es una etapa realmente complicada; me acuerdo de las cosas que tenía en la cabeza en ese momento de mi vida, trato de ponerme en el lugar de esos chicos que vuelven a sus casas. Y también pienso en sus profesores, me imagino parado enfrente de la clase, y me viene la gran pregunta: "¿Cómo harán?, ¿cómo harán para enseñarles algo sabiendo que, por más que a veces no lo demuestren, tienen miles de cosas en la cabeza, propias de la edad y del mundo en que nos movemos?". En seguida descubro que lo que yo voy a hacer tiene un plus, entonces reformulo la pregunta: "¿cómo voy a hacer para enseñarles catequesis en esa etapa y en este contexto mundial?".
Hoy me puse a leer la Exhortación Apostólica Postsinodal "Catechesi Tradendae", y me dí cuenta de que mis preguntas no están tan fuera de lugar, es más, que es necesario que me las haga.
En el documento antes mencionado se dice que es muy importante que la catequesis no deje de lado los grandes aspectos de la adolescencia, a saber: el descubrimiento de sí, las nuevas emociones como el amor y la alegría compartida, así como también los grandes interrogantes, los impulsos biológicos de la sexualidad, la búsqueda angustiosa, la desconfianza de los demás, los primeros fracasos, la toma de decisiones, la fijación de objetivos, etc. Estos temas deben ser tenidos en cuenta para la educación en la fe, para poder transmitir a los jóvenes la propia experiencia de Dios, para que el Evangelio pueda ser "presentado, entendido y aceptado como capaz de dar sentido a la vida" (CT 39), para que, a pesar del "rostro complejo" que muestra hoy la juventud, se pueda traducir con paciencia el mensaje de Jesucristo a su propio lenguaje, siempre y cuando no se lo distorsione. Además, hay que saber aprovechar la apertura y el verdadero deseo que la juventud tiene, aunque de manera confusa, de "conocer a "Jesús, llamado Cristo"" (CT 40) y también contar con la respuesta honda de los niños y los jóvenes que ya lo han acogido.
Después de haber leído esto entiendo que no me equivoco cuando me hago esas preguntas por la calle, y que, más allá de las dificultades previas que pueda traer la enseñanza de la catequesis en jóvenes, es grande e interesante la base que se nos ofrece para trabajar e ir moldeando de a poco: cada obstáculo que se nos presenta a la hora de catequizar a jóvenes no es un impedimento, sino una razón más para hacerlo.
Gianfranco Giglio